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La Comunidad de Mujeres cómo posibilidad de Sanación

. . .si tienen que hacerlo, las mujeres pintarán un cielo azul sobre las paredes de la cárcel. Las mujeres dibujarán puertas dónde no las hay y las abrirán y pasaran hacia nuevos caminos y nuevas vidas. . .
Clarissa Pinkola Estés

Así cómo en la mítica leyenda de Démeter y Perséfone, madre e hija se reencuentran en la primavera y disfrutan juntas el verano en compañía de susamigas mientras todo en la naturaleza crece y da frutos, desde hace una década todos los veranos nos fuimos encontrando en grupos de mujeres. Año tras año, distintos rostros van formando una red invisible de hermanas.

Llegado el camino aquí, me pregunto: ¿Cuál es el sentido de reunirnos entre mujeres?

En principio y cómo en todo camino terapéutico, a partir del contacto con nuestros sentimientos y posibilidades creativas presentes, intentamos ampliar la conciencia y recuperar la intuición.

Y en particular poder resonar emocionalmente con las otras mujeres, con sus historias, en ese “nosotras” que formamos entre nosotras y con todas las “otras” de la Historia de la Humanidad. Siendo vulnerables a la intimidad que se genera entre nosotras. Para ello es necesario eliminar juicios y prejuicios, no hay emociones tabú, prohibidas, estamos allí con todo lo que tenemos, amor, compasión, alegría y también tristeza, enojo, resentimiento, miedo.

Juntas, tomamos contacto con nuestra historia personal, el pasado y la actualidad de nuestros vínculos, intentando mirar con la mayor aceptación que podamos lograr.
Llevando luz a tabúes, secretos, zonas muertas, olvidadas o escondidas de nuestro pasado, de nuestro presente, de nuestro cuerpo. Zonas que la negación nos dice que ya no existen o que no existieron nunca, cómo los altillos o los sótanos de los cuentos que escondían aquello que no se podía mostrar. O mejor dicho aquello que el miedo a que nos dejen de amar nos impide mostrar.

Juntas, trabajando cada una lo suyo, pero juntas. Muchas veces en contacto con la naturaleza, una aliada increíble para ello, vamos permitiendo que cicatricen heridas abiertas, viejos dolores que sin embargo son vigentes todavía, dado que el rencor nos deja atrapadas en ellos, presas en el pasado. El resentimiento termina perpetuando aquello que en realidad necesitamos sanar.

No existe vida sin golpes, sin quiebres, sin marcas, sin dramas que nos hayan hecho perder la inocencia un día. Cómo la semilla que se rompe para dar lugar al brote, ese es también el momento clave en el que comenzamos a crecer y a madurar.

Toda experiencia es una maestra en nuestra vida, si la sabemos mirar.

En los encuentros intentamos mirar de esta manera. Jóvenes, de mediana edad, maduras, en la heterogeneidad nos vamos conectando con nuestro Viaje de Mujeres.
Y. . .el vínculo con el hombre? Con los hombres de nuestra vida?. . .Cambia, madura, se aliviana, se profundiza.

Las mujeres vamos por un camino que en los últimos años nos llevó a grandes cambios en cuánto a nuestra presencia en el mundo. Sin embargo, en nuestro mundo interno somos aún muy dependientes de la mirada de los hombres que amamos y respetamos, muy vulnerables a ello.

Aprender a mirarnos entre nosotras y a nosotras mismas con amor, aceptación y respeto, libera a nuestros hombres de una pesada carga de expectativas desmesuradas e ilusiones y demandas desmedidas.
También nos ayuda a conectarnos con la realidad de nuestros cuerpos y de nuestras vidas.


Peligros de no atender heridas

A veces descuidamos las heridas del alma que al igual que las heridas del cuerpo necesitan sanar, cicatrizar.
Cada persona tiene lo suyo en cuanto a posibilidades de cicatrización. A veces, a pesar de la magnitud de la herida, la cicatrización es rápida y verdadera. La persona cuenta con recursos internos para metabolizar las dificultades de la vida o ese hecho en particular.

Otras, sin embargo hay una falsa cicatrización, “parece. . .pero no”, “si se toca duele”. La persona se sobre adaptó, hizo de cuenta que no pasó nada (negación). “Ve, pero no ve”. Si es mujer, se convierte en mujer naif, más que inocente, “inocentona”, presa fácil del abuso, candidata a que el golpe se repita. Hay victimización y a veces hasta culpa frente a los agravios de otro.

Si las heridas “no cierran y sangran todavía”, quedamos presas del resentimiento y esa hostilidad que nos habita nos transforma en “brujas” o nos enferma.

El encuentro en la comunidad de mujeres a través del arte, la música, la danza, las historias, las imágenes, los trabajos terapéuticos, nos permite contar secretos, sentirnos parte, lavar heridas, dejar que drene el veneno en que se transforma el dolor que guardamos dentro, a veces por muchísimo tiempo.

Podemos ver con alegría cómo las más jóvenes se liberan de esos pesados equipajes mucho antes y en ese “nosotras” si una llega, llegamos todas.


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